Las figuras femeninas que nos propone Eneide Boneu en esta exposición, podría
decirse que mantienen la información genética de aquellas primeras Venus paleolíticas
que conoció la humanidad. Dotadas de una belleza misteriosa y especial, los bultos
redondos pre-históricos resumen el eterno femenino mediante formas
desproporcionadas, abultadas, apenas esbozadas, pero cargadas de una tremenda fuerza,
capaz de tolerar connotaciones tan diversas y ambiguas como la de diosa madre, deidad
de la fertilidad, amuleto erótico, entre otras. Connotaciones que se desdoblan también
de las féminas de Eneide.

Así y todo (carentes de proporción, transfiguradas y evanescentes), las imágenes
creadas por Boneu, nos transportan a un mundo fantástico de cuerpos femeninos
transparentes (contrapuestos a la opacidad de las representaciones miméticas) en el que
las imágenes y sus significados en lugar de clausurarse, estallan en múltiples fugas
habilitándose, a través de ellas, zonas lábiles de bordes deshilachados en las que el
centro se escamotea y los tiempos devienen entrópicos. Con esto, la transparencia se
profundiza y lo profundo se vuelve abstracto.

Tan abstractas son las mujeres que pinta la artista que forma y deseo no logran
su separación: la forma es el desnudo y el deseo la desnudez. Así, la desnudez viste
cada uno de los cuerpos carentes de vestido, dejando al descubierto no simplemente una
anatomía trillada, sino más bien, la propia condición humana… Por esto es que las
imágenes de Eneide no valen Solamente una noche sino que su valor reside justamente
en el hecho de que cada una de sus pinturas (por efecto de la profundidad de la
transparencia) contienen un pequeño residuo de humanidad, un fragmento del ser, una
parte de toda mujer y un espejo de todo varón.

Félix Cardozo